—Me parece muy delicado tu proceder y celebro que sea esta la causa, tanto más cuanto que esto facilita mis negociaciones. Cuando te dije antes que tu tía ignoraba tu situación, mentí; la conoce de sobra; no sé quién se la ha dicho, pero la conoce; sabe que no tienes una peseta, que estás viviendo de la generosidad de un amigo; comprende lo que sufrirás, dado tu carácter un tanto quijotesco; teme que no vas a verla por no confesar todo esto, y por ello me envía a mí en calidad de embajador extraordinario.
—En resumen: ¿qué quiere mi tía?
—En primer lugar, que aceptes quinientas pesetas.
—Pues dile a mi tía que lo siento mucho, pero que no las acepto.
—Te advierto que como sigas por ese camino doy por terminadas mis negociaciones.
—Y yo te advierto, que si las demás proposiciones son como esta, puedes darlas por terminadas desde ahora. Estoy decidido a no aceptar un céntimo de mi tía.
—Pero, hombre, ¿por qué?
—Porque no me da la gana.
—Es una razón...
—Tan convincente como pueda serlo cualquier otra.