—No hablemos más; queda desechada la primera proposición. Vamos con la segunda. Tu tía tiene en su casa unos muebles que no son suyos.
—Ni míos.
—Alto ahí; son tuyos y muy tuyos; puesto que tu tío los compró para ti, son tuyos.
—Pero yo no los quiero.
—Y tu tía menos; le están estorbando. De manera que se halla resuelta a meterlos en un carro y mandártelos para que hagas con ellos lo que te dé la gana.
—¿Y qué voy a hacer yo?
—Allá tú.
—Aquí no caben.
—Mira, Luis: estamos perdiendo tiempo andando por atajos y vericuetos, cuando lo que debemos hacer es ir derechos por la carretera. Tu tía, como he dicho antes, conoce perfectamente tu situación; sabe que estás viviendo de prestado y eso no puede consentirlo por tu propio decoro; sabe también que no eres partidario de las casas de huéspedes, y que, por ahora, no volverás a la suya. Por todas estas razones y por otras que no te digo, ha pensado mandarte los muebles para que con ellos puedas poner casa y no tengas que depender de nadie.
—Yo agradezco a mi tía sus buenos deseos, pero por desgracia son irrealizables; no tengo dinero para poner casa.