—Por eso traigo quinientas pesetas.

—Que yo no acepto.

—Pues bien, querido; eso me parece sencillamente tonto; sí, un orgullo tonto que no viene a qué.

—¿Orgullo? No lo creas. Yo no tengo orgullo en estas cosas. Prueba de ello es que si anoche no hubiera recibido casualmente dinero, hoy habría ido a pedirte dos duros.

—¿Entonces es solo de tu tía de quien no quieres aceptar dinero?

—Precisamente.

Pedrosa calló; cruzó una pierna sobre otra y se puso a rascarse la barba.

—De manera —añadió al cabo de un rato— que si fuera yo quien te prestara esos cien duros, los aceptarías.

—No; porque me consta que tú no los tienes, y eso sería una combinación entre mi tía y tú para que yo los aceptara.

—¿Y a ti qué te importa si después de todo a mí era a quien tenías que agradecerlos y a quien se los devolverías cuando los tuvieras?