Luis vaciló. Pedrosa quiso aprovechar el momento.

—Nada, no hay más que hablar; yo te presto las quinientas pesetas; tú buscas casa y tu tía te manda los muebles. Ya está arreglado.

—No, no es posible. Ni tú puedes disponer de esa cantidad, ni a mí me hace falta tanto dinero.

—Bueno; pues lleguemos a un arreglo. Vamos a ver: ¿cuánto dinero necesitas tú para establecerte? Hagamos cuentas. —Se aproximó a la mesa, sacó del bolsillo lápiz y cuartillas, y empezó a hacer números—. Con una casa de seis o siete duros tienes suficiente; pongamos siete: siete del mes adelantado y siete del de fianza, catorce; uno para que la portera te lo limpie, pongamos dos, para que lo siga barriendo después y te haga la cama, dieciséis; presupuesto para comer lo que resta de mes, quince duros, ya ves que es bien poco; treinta y uno: gastos particulares, seis; treinta y siete, cuarenta, vaya, cuenta redonda, cincuenta duros: ¿te parece bien?

Luis callaba.

—Ea, no hay más que hablar —exclamó Pedrosa rompiendo la cuartilla y guardando el lápiz—; esto es asunto terminado. Ahí tienes los cincuenta duros: tú me avisarás dónde y cuándo quieres que tu tía te envíe los muebles y el baúl, porque también tienes allí el baúl. Supongo que habrás pensado que debes mudarte de camisa.

Y como Luis siguiera callado, dudando todavía, Pedrosa extremó los argumentos.

—Tú no puedes seguir viviendo aquí; al fin y al cabo estás dependiendo de la generosidad de un amigo, de un amigo que cualquier mañana puede levantarse de mal humor y soltarte una grosería. Esto es muy chico, no reúne condiciones habitables. Pase que Boncamí lo sufra, porque no tiene más remedio, porque necesita el estudio; pero tú no, tú estás muy mal. Además, una vez en tu casa, nadie tiene que enterarse de tu situación, de si tienes o no tienes dinero; si lo tienes, te lo gastas, y si no, pasas miserias, pero nadie tiene necesidad de saberlo; ¿no te parece?

Sí, le parecía; demostrábanlo sus movimientos de cabeza.

—Acepto —dijo por fin—, pero con dos condiciones: primera, que estos cincuenta duros son un préstamo que me haces tú, exclusivamente tú y que, por lo tanto, a ti es a quien debo devolverlos; segunda, que no me los das ahora, sino que los guardas hasta que yo te los pida.