—Pues procura verle; el periódico sale el día primero. Se titulará El Combate. Lo dirigirá definitivamente Sánchez Cortina. Castro se queda de redactor-jefe, y yo me encargo de la información política. Sería conveniente que fueras esta misma tarde a ver a Perico; le encontrarás en la redacción, Príncipe, diez o doce, no estoy seguro; pero, en fin, no tiene pérdida, al lado de una tienda de ultramarinos.
—¿Vas a ir tú?
—Ahora mismo.
—Pues, entonces, espérame; marcharemos juntos.
Sánchez Cortina le recibió muy amable.
—Desde luego contábamos con usted —le dijo—; Castro le propuso desde el primer día, y yo accedí gustoso, no solo por tratarse de un recomendado suyo, sino porque me han asegurado que es usted hombre que vale. Esta es la redacción y, por lo tanto, su casa; puede usted venir a ella cuando guste; estamos, como ve, ultimando los postreros detalles; el periódico saldrá el día primero.
Luis estaba satisfechísimo; realmente no era posible que las cosas salieran mejor, pedir más, hubiera sido gollería.
Boncamí también estaba muy contento. Rose d’Ivern iba todas las mañanas al estudio, precisamente a la hora en que Luis se marchaba a la redacción; algunos días, al volver, la encontraba todavía. Sin embargo, el retrato adelantaba muy poco.
—Esta mujer es imposible —decía Boncamí—; no le gusta nada. Me paso el día haciendo y borrando.
Pedrosa en tanto no dejaba parar a Luis. ¿Cuándo te voy a dar ese dinero? ¿Cuándo piensas mudarte?