Un suceso inesperado acabó de decidirle. Trabajando una mañana detrás del biombo, en la continuación de su comedia, le entró sueño y se quedó dormido. Cuando despertó, oyó a Boncamí que hablaba en voz baja con Rose. Suponiendo que estarían trabajando, no quiso interrumpirlos y continuó acostado en el sofá.
De pronto oyó decir a la francesa, con tono zalamero:
—Yo t’ quiego mucho, mucho, Visente; de vegdá que yo t’ quiego.
—¡Toma, toma! —pensó Luis—; ahora me explico por qué no se acababa nunca ese retrato.
XV
No era una maravilla, pero tampoco era un adefesio; una casita muy mona, sin pretensiones, con su gran alcoba recién estucada y su sala con balcón a la calle. Estaba en la del Tinte, frente al solar del antiguo Hospital de San Juan de Dios, de manera que las luces no podían ser mejores, y además tenía la ventaja de que podía vestirse y desnudarse con las maderas abiertas, sin temor de que le vieran los vecinos. Los muebles no resultaban tampoco magníficos, ni muchísimo menos; pero como eran los mismos que venía usando y les había tomado afecto, se alegró muchísimo de poder conservarlos.
La vida del periódico resultaba, como él había supuesto, bastante dura. Tenía que ir a las nueve de la mañana, salía a la una, volvía a las cuatro y salía de nuevo a las siete, cuando el periódico entraba en máquina. Lo que más le molestaba era el carácter de Sánchez Cortina. Este hombre, tan atento, tan fino, tan cortés, era en la intimidad de una grosería inaguantable. Todo le parecía mal. Por la cosa más pequeña se ponía a dar puñetazos en los pupitres y a deshacerse en maldiciones. En el fondo resultaba un infeliz. Los redactores concluyeron por tomarle la cuerda y no hacerle caso. Luis era el único que se mantenía a prudente distancia, decidido desde el primer día a no darle ni permitirle confianzas. «Es el único medio —decía— de no tener disgustos». Por lo demás, trabajaba como ninguno. Hacía todo lo que le mandaban, fuese lo que fuese; fondos, artículos, sueltos, noticias, telegramas... Un día se puso enfermo Pedrosa y le encargaron de la información política en el Salón de conferencias del Congreso. Otro le enviaron a la tribuna del Senado. Él obedecía sin rechistar, convencido de que todos los trabajos eran igualmente desagradables, por lo que tenían de trabajo, y convenientes por lo que tenían de aprendizaje. Por lo único que no pasaba era por la información del Juzgado de guardia. «No, eso no; eso de alternar y quedar diariamente agradecido a guardias de orden público y alguaciles, no entra en mi carácter».
Otro día se le ocurrió a Sánchez Cortina enviarle a Palencia de corresponsal especial, con motivo de la celebración de una Asamblea agrícola. Cuando regresó a Madrid, se encontró con que se habían reforzado los muebles de su casa con un armario de luna y una chaise longue. Por más preguntas que hizo a la portera no pudo averiguar nada. La portera se limitaba a decir que habían venido unos mozos de parte del señorito y que, como en el tomar no hay engaño, les había abierto ella misma la puerta con la llave que le dejara. Pedrosa juraba y perjuraba que no sabía una palabra del asunto. Como el regalo no podía venir más que de María, se decidió, después de muchas vacilaciones, a visitar a esta para suplicarle que no volviera a repetirlo. Luis esperaba un recibimiento teatral; una serie inacabable de reconvenciones y preguntas. Nada de eso. Su tía le recibió como si le hubiera visto la víspera; con tal amabilidad, con tal ternura, con tan afectuoso cariño, que Luis salió de allí más enamorado que nunca. Por lo que se refería a los muebles, ella negó que los hubiera enviado. Claro que es ella, ¿quién va a ser si no? —pensaba Luis—; pero como al fin y al cabo no podía comprobarlo, tuvo que conformarse.
Desde entonces comenzaron a ocurrir en su casa cosas muy extrañas. Cada ocho o diez días aparecía un objeto nuevo; unas veces era una silla, otras una mecedora, una lámpara para la mesa, un libro, un par de botas... La portera seguía diciendo que ella no sabía nada.
—Pero, mujer, usted es la que tiene la llave, usted es la que tiene que abrir.