—No, no; yo no. Como el señorito ha puesto ese cordelito en la puerta, se conoce que lo han averiguado y tiran de él.
En efecto; Luis, para no llevar encima la llave, una de esas llaves de Madrid que pesan medio kilo, había establecido un sistema muy conocido en las casas de huéspedes: una cuerda de guitarra atada al picaporte, pasada después por una argolla y luego por un agujero hecho en la madera, y al final de la cuerda un nudo, lo más pequeño posible para que no se viera e impidiera, sin embargo, que la cuerda corriese.
—¡Vaya! esto se acabó —dijo una noche que se encontró sobre la cama media docena de camisas—; desde hoy me llevo la llave.
Y se la llevó, en efecto, pero solo tres días. Al tercero le molestó el peso, y después de muchas combinaciones volvió otra vez al sistema del cordelito, que, después de todo, era el que le resultaba más práctico. Sin embargo, anunció a la portera que como el caso volviera a repetirse, se quejaría al casero para que la echara. Desde aquel día cesaron los regalos.
Fuera del periódico, su vida continuaba siendo la de siempre. Acudía todas las tardes a la tertulia de Fornos, que tampoco había variado. Paco el mozo y Antoñito Bedmar eran los únicos que faltaban. El primero se había retirado, según decían, para establecer un merendero en La Bombilla, y el segundo iba de tarde en tarde, el tiempo preciso para tomar café y marcharse en seguida. Ya no bebía. Su nariz empezaba a perder el rojizo color que tanto le afeaba; sus ojos parecían más abiertos y mayores, y su continente era, a no dudarlo, más apuesto y airoso. Aseguraba que trabajaba mucho; lo cierto es que su firma se prodigaba en todos los periódicos con fecundidad asombrosa.
Boncamí había terminado el retrato de Rose d’Ivern y cobrado sus mil y pico de pesetas. Sin embargo, como hombre práctico y precavido que sabe lo que vale el dinero, las conservaba lo mejor que podía, sin gastar un céntimo en cosas superfluas. Cumpliendo punto por punto su programa, se mudó de estudio y empezó a pintar su gran cuadro, aquel gran cuadro que iba a dejar a todo el mundo chiquitito.
—Me han asegurado que al fin hay este año Exposición; como no ha podido celebrarse en primavera, se verificará en otoño, cuando la Corte regrese de San Sebastián. Y entonces, ¡ah, entonces...!
Y se quedaba mirando al techo con el arrobamiento del enamorado que contempla en sueños la imagen de la mujer querida.
XVI
Una noche, ya tarde, a la salida de los Jardines, se dio con ella de manos a boca. Iba sola, encantadora como siempre, como siempre elegante y lindísima.