—Veinte pesetas que me han dado por un artículo, que las destinaba al zapatero, y que nos las vamos a gastar en manzanilla.

—Castizo eres.

—¿Quién no lo es contigo, la más castiza de todas las mujeres?

—Di que sí, chiquillo, y prueba de ello es que esos cuatro duros te los vas a guardar ahora mismito, porque esta noche soy yo la que te va a convidar a ti.

—¿Estás loca?

—Calla, tonto. Si tengo ahora la mar de dinero. Se ha chiflado por mí un tío millonario que me entrega todo lo que necesito. Y más. ¡Qué derroche, chico! Pajaritos del cielo que pida, pajaritos del cielo que me da. ¿Ves este traje? Treinta y siete duros; pues es de los peores que me ha comprado.

—Me alegro, hija; lo que hace falta es que dure.

—Oh, sí; ahora va de veras. Me he vuelto muy formal.

—Ya lo veo.

—¿Porque me voy contigo? ¡Tonto! En primer lugar, él no está en Madrid; se ha marchado a Bilbao a comprar unas minas y no viene hasta dentro de una semana. Y luego, contigo no hay caso. Contigo..., contigo me voy yo al fin del mundo.