—¡Mentira!

—Por la gloria de mi padre, que te quiero. ¡Ay, nene de mis ojos! En cuanto lleguemos a la estación del Norte, ¡qué beso te voy a dar en la cara! Y no te le doy ahora porque no quiero que se mueran de envidia esas niñas góticas de los balcones.

En efecto, en un balcón, reclinadas sobre la barandilla, había un grupo de muchachas que al pasar el coche se quedaron mirando con gran curiosidad el vestido azul demasiado vaporoso, el sombrero demasiado exagerado y la cara demasiado satisfecha de Isabelilla.

—Es envidia, envidia pura —decía ella alegremente—, no te quepa duda; todas esas señoritingas con sus ojos lánguidos y sus caritas de virtudes, darían esta noche la mitad de su vida por ir sentadas dos horas a tu vera. Pero se fastidian, que eres para mí, para mí, para mí.

Y le oprimía el brazo y se apretaba contra él con zalameros rozamientos de gata.

El coche se deslizaba por el asfalto de la calle del Arenal al blando movimiento de sus llantas de goma. En la estrechez de la calle, la Puerta del Sol quedaba a lo lejos reducida al Ministerio de la Gobernación con su feísima torre de ladrillo y la amarillenta esfera de su enorme reloj, más amarillenta aún ante el blanquísimo resplandor de los focos eléctricos, que en la espesa neblina de polvo parecían globos de chico flotando en el aire. El pasadizo de San Ginés quedaba a la izquierda lóbrego y oscuro, cortado en el fondo como callejón sin salida, mientras que allá enfrente, al final de la calle, los árboles de la plaza de Isabel II, recortando sus copas oscuras en la fachada trasera del Real, daban la impresión de la entrada de un túnel, el ojo gigantesco de un gran puente de piedra. Un automóvil con sus faros encendidos, resplandecientes como ígneas pupilas de fabuloso monstruo, pasó instantáneo dejando tras sí desagradable olor de gasolina.

—¡Qué ganas tengo de tener un auto!

—¿Para qué quieres tú eso?

—Para correr, para volar, para no estar quieta diez minutos en el mismo sitio. Pasar por las casas sin verlas, pasar por los pueblos sin mirarlos, por las carreteras sin apenas tocarlas, corriendo siempre, siempre corriendo sin saber adónde ni conocer a nadie, ni hablar con ninguno, sin más pensamiento que el de volar ni más idea que la de correr, siempre de prisa, taf..., taf..., taf..., adelante, adelante, adelante...

—Hasta que te rompieses las narices.