—¡Bah, qué más da morirse de una manera que de otra si al fin y al cabo tiene una que morirse! Casi es mejor así; no te enteras. Porque a mí que no me digan: un tío que va a esa velocidad ni ve, ni oye, ni entiende. Es como si estuviese borracho. Digo lo que Antoñito Bedmar: la mejor muerte del mundo es una borrachera. Y borrachera por borrachera, me quedo con esta.

—Y yo con la otra.

—¿Con cuál?

—Con la del cariño. Porque tú sí que me emborrachas a mí; tú sí que me mareas más que cuatro botellas de montilla. Contigo pierdo la noción de dónde estoy, de dónde me encuentro, de lo que hago, para no pensar más que en mi Isabelilla de mi alma, que me enloquece cuando me mira con sus ojos azules y me trastorna con las palabritas de sus labios.

—¿Mis labios? ¡Si tú no los quieres!

—Poco. Como un pastel un chiquillo goloso.

—¡Goloso! ¿Los quieres? Tómalos.

Y alargando la cabeza se los ofreció gustosa y sonriente. Y sonriente y gustoso los aceptó él, besándolos y mordisqueándolos como fruta sabrosa.

Impávido el cochero, cogió la tralla y fustigó al caballo, que al sentir la caricia despertó de su letargo y salió al trote carretera arriba con extraordinaria rapidez, dejando tras sí en breves momentos la estación del Norte y el Asilo de Lavanderas, reposando en la sombra con sus trenes quietos y sus niños dormidos. Los hilos de plata de la luna se filtraban entre las hojas tejiendo en el polvo primoroso encaje. Frescas ráfagas de aire daban en los rostros de la pareja, y sus cuerpos se mecían con el traqueteo del coche, blandamente amortiguado por las llantas de goma. Por la blanca línea de la carretera, humillada la cerviz y tardo el paso, avanzaba una cuadrilla de segadores. Venían mustios, cansados, encorvados los cuerpos, arrastrándose penosamente sobre sus grandes zuecos de madera. Los había viejos, con grandes mechones de canas que asomaban bajo los enormes sombreros; los había niños, que se quedaban rezagados. Y todos caminaban con sus hoces a cuestas, tristes y mohínos, sucios y desharrapados, como desfallecida falange del ejército de los hambrientos.

—¡Pobrecillos! ¿De dónde vendrán? —preguntó Isabelilla apenada.