El cochero volvió la cabeza, y dando un gran suspiro, contestó:

—De Galicia, señorita, de la tierra de todos los pobres.

Los segadores habían detenido el paso y miraban con más curiosidad que envidia a aquella señora tan hermosa y tan elegante que se paseaba tan a deshora por la carretera. Ella, al notar que la miraban, se sintió conmovida, y abriendo nerviosamente el bolso les arrojó, por detrás de la capota del coche, dos duros en plata que vibraron con argentino tono al chocar con los guijarros. Cogiolos el más joven y se los dio al más viejo, el cual los guardó en las profundidades de su faja, diciendo al mismo tiempo emocionado:

—Gracias, señorita, muchas gracias y que Dios se lo pague.

—¡Que Dios se lo pague! —contestaron los demás a coro, levantando los brazos. Después siguieron su camino hasta perderse bajo la sombra de los árboles.

Este encuentro los entristeció de tal manera que durante largo rato ninguno de los dos osó abrir la boca. El cochero había dejado la fusta en el pescante, y con la cabeza caída y las riendas flojas, dejaba marchar a su antojo al caballo, que empezó a caminar pausadamente con paso tardo de macho de transporte.

—¿Ves tú? —exclamó él al cabo de un rato, esforzándose por sonreír, tratando de ahuyentar los negros pensamientos que empezaban a amontonarse en su cabeza—, ¿ves tú? Ahí tienes la contraposición de tu automóvil; estos infelices saben siempre adónde van y de dónde vienen; vienen de donde hay hambre; van adonde hay dinero que ganar. Para andar los setenta kilómetros que tu automóvil salva en una hora, ellos necesitan tres días, pero llegan. El uno es el genio que arrostra los peligros, los otros la constancia que vence los obstáculos. Tu automóvil es la ciencia, el progreso, el adelanto; ellos la barbarie, la ignorancia, la rutina.

—Está bien tu comparación.

—¡Toma!, ya lo creo que está bien. Como que es una crónica que me valdrá mañana cuatro duros.

Habían llegado a La Bombilla.