—¿Dónde vamos? —preguntó familiarmente el cochero deteniendo el caballo.

—A los Viveros.

—No, a los Viveros no —interrumpió bruscamente Isabelilla—; está eso muy soso por las noches, no van más que personas decentes; ¡con decir que ni siquiera hay organillo!

—Ya lo sé. ¿Y para qué queremos organillo?

—¡Qué gracioso!; ¡como que me voy a pasar sin bailar contigo esta noche! Ni lo sueñes.

—Vámonos, pues, a Niza.

—No, a Niza tampoco; luego te diré por qué.

—Bueno; pues tú dirás donde vamos. Decídete, porque estamos perdiendo tiempo.

—¿Vamos a casa de Juan?

—Vamos a casa de Juan.