En casa de Juan estaban todos los comedores ocupados.

—Si quieren ustedes un cenador, hay uno disponible.

—¿Cuál?

—Ese primero de la derecha.

—No, no; está demasiado a la vista.

—¿Quiere el señorito pasar al hotel? —preguntó el mozo a Luis mostrándole un pequeño edificio independiente que se alzaba a la derecha. Luis, a su vez, repitió la pregunta a Isabelilla.

—No, no me gusta; no se oye el organillo, y además, se figuran que vas a otra cosa y te cobran la habitación por aquello de que tiene cama, y eso es una primada. Vamos al Campo del Recreo.

Contra lo que Isabelilla creía, en el Campo del Recreo había muy poca gente. La mayoría de las mesas, especialmente las de primera fila, estaban desiertas. Solo dos o tres se hallaban ocupadas por pacíficas familias burguesas que al pasar la joven pareja cogida del brazo se quedaban mirándola a hurtadillas, con cuchicheos y sonrisitas maliciosas.

—Mira, mira quién está allí —exclamó de pronto Isabelilla señalando una mesa medio oculta tras los arbustos—. Lola Guzmán y Paca Rey con dos pollos. Ya sabemos de quién eran los coches del Casino que había en la puerta. ¡Qué hipócritas! Se han marchado de los Jardines antes de acabar la función, diciéndome que estaba aquello muy húmedo y que, como ellas, gracias a Dios, no iban a los Jardines a ganar dinero... así, como humillándome, ¿sabes?

—Y tú, ¿qué les has dicho?