—¿Yo? Que tenía que esperar a mi novio, que era acomodador.

—¡Qué chulona eres!

—Claro, hombre. Figúrate tú si nos conoceremos todas. Anda, vamos a pasar por delante de ellas para que nos vean.

—¡Justo!, y me tomen por el acomodador.

—Asaúra... Ya sabes tú que te conocen todas. Digo, y poquita envidia que me van a tener viéndome contigo. Porque te advierto, Luis, que tú tienes cartel.

A Luis le hizo aquella frase muchísima gracia.

—¿Conque yo tengo cartel, eh? como los toreros. Oye, ¿y de qué clase es este cartel mío?

—De matador de primera. Eso lo sabe todo el mundo, niño. Lo que no saben esas es que yo te voy a contratar por toda la temporada para que no mates en más plaza que en la mía. ¡Hola, Paca; adiós, Lolita! —exclamó con acento cariñoso, pasando de largo por delante de las dos cocottes.

—Adiós, mujer... ¿tú aquí?

—Venimos casi todas las noches —contestó con gran ingenuidad—; a este no le gusta cenar en casa. Toma, para que rabien —agregó oprimiendo el brazo de Luis, que a duras penas podía contener la risa.