Andando, andando, habían llegado al final del merendero. Isabelilla no acababa de decidirse por ninguna mesa. Por fin eligió una pequeñita, situada en medio de una plazoleta de árboles. Aquí estaremos perfectamente. ¿Ves qué poético está esto? Los rayos de la luna, el murmullo del río... ¡Oh, qué poético!

—¡Guasona!

—Pues, mira; fuera de chirigota; está muy bien, sobre todo, a tu lado.

—¿De veras estás muy a gusto?

—Muy a gusto. ¿Y tú?

—En la gloria.

—¿Qué va a ser? —preguntó el camarero dejando caer la lista sobre la mesa.

¡Toma, toma, pues no era poco difícil la respuesta! Isabelilla cogió la lista, la leyó en voz alta, después en voz baja, la leyó nuevamente, y después de darle mil vueltas entre sus manos, se la entregó a Luis diciéndole:

—Pide tú, yo no sé qué elegir, no tengo gana.

Tampoco él la tenía; de modo que después de muchísimo pensar, la cena quedó reducida a unos langostinos a la vinagreta, una ración de pavo trufado y otra de Roquefort. Y manzanilla. Ah, y el cochero que tome lo que quiera.