Mientras el camarero iba por los platos, Isabelilla explicó a Luis por qué no había querido entrar en Niza. Es donde él me lleva, ¿sabes? Entra muy ufano conmigo, dándose mucho tono porque le conoce todo el mundo, y yo no quiero que se rían de él creyendo que le engaño. ¡Pobrecillo!
—Te has vuelto muy correcta.
—Claro, hombre; ¿qué necesidad tiene nadie de enterarse de si le soy fiel o no se lo soy, no te parece? Tanto más cuanto que no le engaño. De veras no le engaño..., más que contigo. Pero es que tú me vuelves loca, chiquillo —exclamó entornando los ojos y mirándole fijamente—. Contigo no sé lo que me pasa. Mira, de verdad; yo podré tener todas mis chulerías, te podré hacer una charranada, porque soy así, porque no lo puedo remediar, porque lo tengo en la masa de la sangre, ¿sabes tú?; pero en cuanto te veo, soy otra; siento aquí en el alma un no sé qué que me tira hacia ti y me dice: Isabelilla, ese es el único hombre que tú quieres, vete con él. Y me voy, y no hay mundo para mí y lo dejo todo y dejaría hasta a mi madre, si la tuviera, por un beso solo de tu boca.
—¡Qué monísima eres!
—Es que te quiero mucho, Luis. ¿Por qué voy a ponerme tonta? Y me alegro decírtelo ahora, antes de cenar, para que no creas luego que es el vino.
—¡Qué lástima, Isabelilla! Tú y yo podríamos ser felices.
—¿No es verdad que sí? Yo lo he pensado muchísimas veces. Créemelo. En esas horas de tristeza y aburrimiento que todos tenemos, nosotras, sobre todo, cuando me siento cansada de esta vida tan perra que lleva una, me pongo a pensar y me digo: «Si yo encontrara un hombre de mi gusto que me quisiera mucho, mucho...». Y en seguida, te lo juro, me acuerdo de ti.
La presencia del camarero que volvía con la cena hizo suspender la conversación. En cuanto se hubo marchado, ella continuó:
—Sí, de veras, me acuerdo de ti. Ya ves tú si a mí me dirán al cabo del día que me quieren; ya ves tú si tendré yo hombres que me hagan el amor de todas maneras; pues, sin embargo, ninguno de ellos me impresiona ni hago caso a ninguno. Y es que ninguno me llega al alma como me llegas tú. ¡Contigo sí que sería yo dichosa!
Y apoyando los codos en la mesa se le quedó mirando fijamente con sus grandes ojos entornados, sin hacer caso alguno de la cena que sobre el mantel permanecía intacta.