—¿Por qué no tendremos mucho dinero, Luisillo?

—Chiquilla, no te entristezcas.

—Oye: ¿por qué será esto que me pongo triste cuando estoy contigo?..., muy triste, muy triste... Y no me da la gana, ¡ea!, no quiero yo estar triste; vamos a alegrarnos, vamos a beber.

Y cogiendo nerviosa la botella, escanció dos vasos.

—Por ti.

—Por tu cariño.

Los rayos de la luna, atravesando los árboles de la pequeña plazoleta, caían sobre la mesa azuleando el mantel y haciendo brillar en los vasos la rubia manzanilla. Vibraban en el aire, frescas y sonoras como cristalina carcajadas, las notas del organillo, las notas alegres, desvergonzadas, del canallesco vals de Madrid se divierte. Isabel había bebido seis copas seguidas y continuaba diciendo:

—¿Sabes que es muy rica esta manzanilla? Échame más.

—Chiquilla, que te vas a emborrachar.

—Déjalo: un día es un día. Así como así, tenemos coche que nos lleve a casa. Lo que yo quiero es estar alegre, muy alegre para ti. Pide otra botella.