—Como siempre.
—Oiga usted —preguntó Isabelilla curiosa—, ¿por qué toman siempre los cocheros entrecot con patatas?
Después, al notar que Luis echaba mano al portamonedas, abrió rápidamente el bolso y dejó caer sobre la mesa un billete de cinco duros.
—No te pongas tonto, porque ya te he dicho que esta noche convidaba yo.
—Isabel, coge ese dinero.
—Te digo que no. Cobre usted de aquí, mozo; o cobra usted o rompo el billete.
No había más remedio que ceder, y cedió, aunque de mala gana.
—Vamos, no te enfades —exclamó ella cariñosa cuando volvieron a estar solos—, no te enfades tú conmigo, nene mío... Era un capricho que yo tenía; ¿me vas a quitar tú a mí un capricho?
Y le miraba zalamera, cogiéndole las manos y besándoselas dulcemente.
Sobre los esqueléticos árboles del merendero, el cielo comenzaba a clarear con los primeros amarillentos tintes del crepúsculo.