—¡Qué barbaridad! Está amaneciendo. Vámonos.
—Sí, vámonos; ¿pero se va a quedar esta entera? —exclamó señalando la botella de manzanilla—. Anda, cobarde, que no se diga que la hemos tenido miedo. Bebe.
Bebieron de prisa, sin soltar los vasos, a grandes sorbos, como chicos sedientos. Cuando ya solo quedaban un par de dedos de vino, Isabelilla cogió la botella, y aplicando los labios al gollete se lo bebió de un solo trago.
—¡Ea!, ya está. Vámonos.
Y colgándose del brazo de Luis echó a andar más firme de lo que podía suponerse.
—Oye, en cuanto lleguemos al coche, nos vamos a fumar un cigarrillo a medias, ¿quieres?
Un cigarrillo a medias
poder fumar, poder fumar.
Amanecía. Las sombras de la noche huían asustadas apagando la luz de las pocas estrellas que brillaban todavía en el cielo. Ni una nube siquiera le empañaba. Lentamente se destacaron las copas de los árboles, la blanca línea de la carretera, los alegres merenderos, la masa todavía confusa de la Moncloa, troncos, matas, y allá, a lo lejos, dormida aún en la sombra, la Casa de Campo. Ráfagas de aire, frescas como brisa suave dábanles en la cara, y sus cuerpos amorosamente unidos se mecían con deleite al compás de los saltos del coche blandamente amortiguados por las llantas de goma. Al pasar por la estación del Norte llamoles la atención una cuadrilla de hombres que dormían tumbados a lo largo de la carretera. Eran los segadores; aquellos pobres segadores que vieron horas antes arrastrándose penosamente sobre sus zuecos de madera. Allí estaban, viejos y niños, reposando de sus fatigas, esperando pacientemente la salida del tren. Algunos, al pasar el coche, abrieron los ojos y al reconocer a la pareja se pusieron en pie agitando los brazos alegremente. «¡Eh, eh!». El cochero fustigó al caballo, que salió corriendo con asombrosa rapidez dejando tras sí, en breves momentos, la estación y el Asilo de Lavanderas.
—Es un buen caballo.