—Ya ve usted, un potro de cuatro años; no hay más remedio que contenerle algo, porque si no, entrega en seguida todo lo que tiene. No está desengañado todavía. Los caballos son como las mujeres, señorito.
—¿Qué dice ese tío?
—No le hagas caso; va borracho.
La luz avanzaba. Por encima de las casas de la plaza de San Marcial, la aurora enrojecía el cielo con fulgores de incendio. Blanqueaban los edificios como si estuvieren recién revocados, lucían las aceras como losas de mármol, y hasta los adoquines del arroyo brillaban como acabaditos de poner. Todo parecía nuevo, todo parecía blanco.
—¡Qué hermoso es ver amanecer! ¿verdad? —dijo Luis.
Ella no contestó. Reclinada sobre él, oprimiéndole el brazo con el suyo, estrechándole nerviosamente las manos, le miraba apasionada con sus azules ojos entornados.
—No me dices nada, Luisillo; no me quieres. ¿Por qué no me miras? así..., así..., mírame así. ¡Cuánto me gustas, chiquillo! ¡Qué guapísimo eres!
—Tú sí que eres bonita.
—¿De veras te resulto? Anda, sí, dímelo; me gusta mucho que me llames bonita; anda, llámamelo.
—Todo lo que tú quieras, chiquilla mía; si yo no tengo en el mundo otra cosa que hacer más que halagarte a ti. Eres muy bonita, muy bonita; tienes unos ojos que me enloquecen; unos ojos que cuando se abren, se me clavan como alfileres; y cuando se cierran me parece que me cogen y me guardan dentro.