—Sigue, sigue.
—Unos ojos bonitos, muy bonitos, con unas niñas muy grandes y muy azules, en las cuales me veo retratado chiquito, muy chiquito; pero ¡qué chiquitos somos los hombres en las pupilas de la mujer a quien queremos con toíta el alma!
—Me vuelves loca.
—Unos ojos hermosísimos, como yo no he visto otros. Unos ojos serenos como el día, azules como el cielo, tristes como mis penas, grandes como nuestro cariño. Si es verdad que los ojos son el espejo del alma, ¡qué alma más hermosa debe de ser la tuya!
—Toda para ti, Luisillo mío. ¡Qué ganas tengo de llegar a casa! En cuanto lleguemos a casa, te voy a dar toda mi alma. Te la voy a dar toda, toda, ¡toda!
XVII
—¡Qué barbaridad! —exclamó Isabelilla sentándose en la cama y frotándose los ojos con los puños, como los niños cuando se despiertan—. ¿Qué hora dirás que es?
—¡Qué sé yo! —contestó Luis desperezándose con toda confianza—; muy tarde.
—Las tres; acaban de dar en el reloj. ¡Qué escándalo, chico! Anda, vamos a vestirnos. ¡Ay, qué horror, qué cara! —agregó mirándose al espejo.
—¿Amarilla y con ojeras?