No la preguntes qué tiene:

que está queriendo de veras.

—¡Y tan de veras! Ojalá no te quisiera tanto.

—¿Te pesa?

—No, no me pesa, no —exclamó sin abrir los dientes, balbuciendo, deshaciendo las frases—. ¡Ay, cómo estoy; qué mimosa, chiquillo!

—No te apures tú por eso; tonta. Tengo yo para darte todo el mimo que te haga falta.

—Pero levántate ya, gandul.

—Bueno, ¿y qué hago yo ahora? —preguntó Luis sentándose en la cama y cruzando las manos—. Las tres de la tarde.

—¿Que qué vas a hacer? Pues almorzar conmigo; ¡vaya una pregunta! Como que te vas tú a marchar ahora, ¡qué gracioso! No te hagas ilusiones.

—¿Pero y el periódico?