—¡Qué periódico ni qué niño muerto! Hoy no hay periódico; hoy no hay más que Isabelilla. Pones dos letras diciendo que estás enfermo, y las llevará la Pepa, y si no quieres la Pepa, el portero.
—Lo mismo da; lo importante es que lleguen a su destino.
—Pues, anda, vístete; yo voy a llamar a la criada. Y si no, espera, iré yo misma. Así como así tengo que decir que te quedas a comer conmigo. Tú, entretanto, escribe la carta; en ese cajón tienes papel y sobres... Oye —exclamó regresando al gabinete—: ¿tú qué quieres comer?
—Lo que tú me des; siendo cosa tuya, me ha de saber a gloria.
—No, de veras; ¿qué quieres?
—Lo que te dé la gana, mujer.
—Bueno, pues luego no te quejes si no te gusta. Conste que te lo he consultado.
Y se marchó pero a los dos minutos regresó de nuevo para preguntarle cómo prefería los huevos; si en tortilla o fritos. Y todavía volvió a entrar dos veces más, una para coger el abanico y otra para pedirle un beso.
—¡Qué mal ángel tienes! ¡Me dejas marchar sin hacerme siquiera una caricia! ¡Y luego dices que me quieres!
Conforme habían convenido, Pepa se encargó de llevar la carta de Luis a la redacción del periódico. Después, mientras se hacía la comida, Isabelilla propuso peinarse.