—No me gustan las peinadoras, ¿sabes?; en primer lugar, porque arrancan el pelo, y después, porque hay que estar sujetas a una hora determinada. Además, me peino yo muchísimo mejor sola. Ya verás, ya verás que monísima me pongo. Hoy voy a estar más bonita que nunca, para ti.
Colocó un pequeño espejo de mano sobre el velador, apoyándole con gran habilidad en la polvera, y comenzó a destrenzar su espléndida cabellera rubia.
—No me peino nunca en el tocador porque no me manejo bien, ¿sabes? Y ya ves tú si es un tocador bueno, con una luna riquísima; costó cuatrocientas pesetas, no vayas a creer. Me lo regaló el secretario de la Embajada inglesa, un tío muy rico, que estaba loco por mí y que me quiso llevar a su tierra, a Londres, un país donde siempre está lloviendo; ¡qué miedo!, me hubiera muerto de frío y de pena.
Los dedos de Isabelilla se perdían jugueteando entre la espléndida cabellera que, al deshacerse, caía en lluvia de oro sobre la cara, ocultando los ojos azules, las mejillas rosadas, los labios frescos como sangrienta herida, la garganta de nieve, los pechos de nácar que la entreabierta bata dejaba al descubierto. Después, con un rápido movimiento de cabeza, echó el pelo hacia atrás y apareció la frente en todo su esplendor, altiva, tersa, despejada y blanquísima. Luego, los cabellos uniéronse en trenzas, las trenzas se arrollaron con artístico dibujo que afianzaron las horquillas y coronaron las peinetas de concha salpicadas de piedras falsas que brillaban como gotas de rocío sobre rubios trigales. Por delante, partiéronse en crenchas hasta cerca de las sienes, donde se amontonaron en caprichosos rizos que acabaron de ondular las tenacillas.
—¿Qué tal?
—¡Monísima!
—Eso quiero yo, ser muy mona, muy mona, para ti. Anda, vamos a comer. ¿Tú no conoces mi comedor, verdad? Es pequeño, pero muy bonito; ¿verdad que es muy bonito?
—Es precioso. Tienes mucho gusto, chiquilla.
—Esta mesa es riquísima. Fíjate, fíjate, qué patas —exclamó levantando el mantel para que Luis las viese—, de roble macizo, todas talladas. Costó ochenta duros. Me la compró Ulzurrun, juntamente con aquel aparador también de roble. ¿Pues y el chinero? Mira que es bonito ese chinero. ¡Como que no hay otro en Madrid! Fue un modelo de Londres. También me lo regaló el inglés de la Embajada. Y la lámpara, ¿te gusta? Esa la he arreglado yo; era un centro de gabinete; le puse esas plantas de salón y esas flores y resulta. ¡Si vieras qué bien hacen de noche las bombillas eléctricas escondidas entre las hojas verdes y los claveles rojos! Porque te advierto que las flores son naturales. Las renuevo todos los días. ¡Oh! me cuestan un dineral a veces. Pero, y esa comida, ¿cuándo viene? Tengo un apetito terrible.
Él también lo tenía; así es que hicieron grandísimo honor a los huevos revueltos con tomate que les sirvió la Pepa y a las chuletas empanadas que vinieron después, sin dejar por eso de mordisquear los avinagrados pepinillos, las picantes alcaparras, las carnosas aceitunas deshuesadas y las rajitas de salchichón que constituían los entremeses.