Enmudeció Manolo, giró sobre sus talones, y quedó mirando a su interlocutora perplejo e indeciso, azorado y confuso, con esa cara de miedo que ponen los guardias de servicio en el callejón de la plaza cuando un toro salta la barrera. Y como la sorpresa y la emoción le impedían coordinar una frase ingeniosa, contestó sencillamente:

—¡Hola, Luisa! ¿Cómo estás?

Ella no pareció maravillarse mucho de la prontitud con que había sido conocida.

—De seguro —dijo— que en este momento en todo el mundo pensabas menos en mí.

—Sería una tontería negarlo.

—Pues yo soy, hijo, soy yo.

En efecto: era ella. Más alta, más gruesa, más hermosa si es posible, pero la misma. Aquellos ojos negros, grandes como el abismo, que brillaban detrás de la careta, eran los mismos que tres años antes le miraban abrasadores; aquellos brazos de blanquísima carne que veía a través de las mangas de gasa, eran los mismos entre los cuales descansó tantas veces; aquellos labios, rojos y frescos, eran los mismos que tres años antes le habían entusiasmado con sus palabras seductoras, haciéndole soñar con la felicidad que surge de la unión de dos seres. Era la misma, sí, con su aspecto desenvuelto, gracioso y lascivo, que se aparecía nuevamente en su camino para arrebatarle la tranquilidad, para robarle otra vez el albedrío, para volver a atarle con los lazos de un cariño que tantísimo trabajo le costó romper. Cariño aletargado por la ausencia de tres años, y que ahora en su presencia despertaba, más vital que nunca, ansiando reanudar el idilio interrumpido tan bruscamente.

Sin embargo, procuró dominarse. Entre Luisa y él no podía haber ya nada, había terminado todo para siempre. Así que, forzando una sonrisa, le dijo con el tono más indiferente que encontrar pudo.

—¿Qué es de tu vida? ¡Cuánto tiempo sin verte!

—Llegué ayer de Lisboa.