—Ni yo tampoco. El de anoche se me ha quedado aún en la garganta.

—¡Claro!, día de mucho... ¡Caramba! ¡Qué buena cara tienen estos pajeles! ¿Sabes que guisa muy bien tu cocinera? Están riquísimos. No vamos a dejar ni las raspas. Pero qué: ¿todavía hay más? —añadió asombrado viendo entrar a la Pepa con un nuevo plato—. Esto ya es demasiado, Isabelilla.

—A mí no me digas nada; son cosas de la Pepa, que ha querido lucirse.

—Y lo ha conseguido. Pepa, mi enhorabuena, está esto superior.

Pepa sonrió. No faltaba otra cosa; tratándose del señorito Luis... El señorito Luis se merecía aquello y mucho más. Lo que ella sentía era no haber tenido tiempo para preparar una comida más digna de él.

—¡Para que veas, para que veas —decía Isabelilla— si se te aprecia!

¿Que si se le apreciaba? ¡Ya lo creo! Como que era el hombre más simpático que entraba en aquella casa. Ella se lo estaba diciendo continuamente a Isabel:

—Isabel, Isabel, no sea usted tonta; quiera usted a ese hombre; mire que no va usted a encontrar otro que valga lo que él. Porque, ¡claro!, como no hay más remedio que caer con uno tarde o temprano, más vale que sea una persona decente que un chulo; ¿verdad, usted?

—¿Y yo qué te digo? ¡No te digo que le quiero con toda mi alma! Si me tiene loca, loca... —Y cogiéndole nerviosamente la cabeza le dio dos estrepitosos besos en la cara—. ¡Te voy a comer! Un día te como; empiezo a darte besos y acabo con Luisillo.

Pepa sirvió los postres. Queso de Roquefort, naranjas, cerezas y avellanas.