—No, no es posible, te aseguro que no es posible.

—Como gustes. No quiero que por mí te violentes. ¿Cuándo nos veremos?

—Cuando tú quieras.

—¿Mañana? Ve a casa. Vivo sola. ¿A qué hora irás? Ve a las ocho, ¿quieres? Cenaremos juntos. Como otras veces, ¿te acuerdas?

¡Ya lo creo que se acordaba! Por eso precisamente, porque se acordaba no quería ir.

—Te espero, ¿eh?, Ballesta, dieciséis, segundo. ¿Irás?

¡Qué había de ir! Si tenía miedo de sí mismo, de encontrarse a solas con ella y que sus miradas, sus sonrisas, su ideal belleza le hicieran quebrantar el propósito que se había formado de mantenerse firme. ¡Qué había de ir, si comprendía que aún la amaba, si estaba seguro de caer nuevamente en sus brazos!

—No sé, no sé... Si tengo tiempo...

De pronto, ambos palidecieron, se acordaron de lo mismo.

—¿Está buena, verdad? —preguntó él en voz baja, muy baja, llena de emoción.