—Sí, la tiene mi hermana. Está ya muy alta, muy alta...

—¿Sí?

—Muy alta y muy bonita.

—Dale muchos besos de mi parte.

Miráronse un instante cara a cara, y al choque de esas miradas, brillaron los ojos y enrojecieron las mejillas; las manos unidas se estrecharon nerviosas, la sonrisa desapareció de sus labios, una sombra de tristeza pasó por su frente. ¡Aún se querían!

Grande fue la sorpresa de todos al ver entrar en el palco a Manolo Ruiz cabizbajo y mohíno.

—¿Qué te pasa?

Manolo se encaró con Luis, y con tono que podría ser solemne, pero que en aquel instante resultaba espantosamente ridículo, le descerrajó este pistoletazo:

—Dame la chapa del guardarropa.

Todos le miraron sorprendidos.