—¿Dónde vas?
—¿Qué te sucede?
—¿Se ha puesto usted malo?
—¿Has hecho conquista?
—¿Es guapa?
Manolo, por toda contestación, dijo que se iba a casa porque se encontraba aburrido.
¡Pero este demonio de chico estaba loco! ¡Irse cuando la fiesta entraba en su apogeo, cuando se habían marchado las personas decentes! ¡Irse cuando quedaba todavía medio kilo de mortadela, uno de jamón en dulce, tres docenas de emparedados, un salchichón de Vich, cuatro botellas de Montilla, tres de Jerez y dos de Champagne...! Nada, no se le daba la chapa; si quería marcharse, que se fuera... ¡a cuerpo!
—Bueno, pues la verdad; me voy porque he encontrado a Luisa. No me da la gana de estar con ella y no tengo valor para verla en brazos de otro.
¡Pero este Manolo era imposible!
—¿A ti qué te importa, hombre, a ti qué te importa? —le gritaba Castro cogiéndole de las solapas y zarandeándole como si fuera un pelele—. ¿A ti qué te importa? ¿Vas a volver con ella?, ¿no?, pues entonces déjala que baile y triunfe y se divierta; ¿no te diviertes tú? Pues, hombre, estaría bonito que por una coqueta indecente te marchases ahora, mientras ella se quedaba aquí gozando, divirtiéndose y burlándose de ti, pobrecito tonto, que no sabes echarla de tu corazón. Si lo que sobran en el mundo son mujeres. ¿Verdad, chiquillas? Mira, aquí tienes dos; ¿ves qué bonitas? En cuanto tengas veinte duros, se dan de puñaladas por tu cariño.