Manolo continuaba pensativo y triste.

—Vamos, está visto que tú no te animas mientras no se descorche el champagne. Don Juan, con su permiso, voy a ofrecer una copa a este pobre artista loco de remate.

—Sí, vino, vino; el vino disipa las penas.

—Como el sol disipa las nubes.

—Eso, como el sol disipa las nubes. Paso la imagen si me dan una copa.

—En seguida.

—No, nada de champagne; primero a comer; el champagne lo último.

Colocaron los fiambres en los mismos papeles grasientos que los contenían, encima de una silla, alrededor de la cual se sentaron todos. Luis bebía más de lo regular y no le iba en zaga Perico Castro. Sánchez Cortina, colorado como un cangrejo cocido, requebraba y galanteaba a las muchachas con ese atrevido y picante lenguaje de los barrios bajos. Se le había saltado el botón del cuello, y mostraba su pescuezo limpio de vello, blanco como el de una matrona de Rubens. Petrita cantaba tientos y soleares a media voz jaleada por Amalia, en tanto que Manolo Ruiz, borracho ya, se empeñaba en referir a Cortina la historia de sus amores. Viendo que el diputado no le hacía caso, fue a contársela a Perico; pero este, de un salto, se plantó en el otro extremo del palco, gritando horrorizado:

—¡No, a mí no, por Dios!, cuéntasela a Luis.

—¡Ca!, a mí tampoco. Me la sé de memoria: «Paseaba una tarde de junio con Antonio Pezuela, cuando vimos dos chicas muy monas, al parecer modistas». Así empieza; ¿ves cómo la sé? Anda, cuéntasela a Amalia que no la sabe.