Manolo se enfadó y los llamó groseros y mal educados. Después sentose al lado de Amalia, y quieras o no quieras, le espetó la historia:
—«Paseaba una tarde de junio con Antonio Pezuela...».
La tal historia que, referida por cualquiera hubiera sido sencillamente una vulgaridad, en labios de Manolo resultaba una matraca horrible. El pobre muchacho no había conocido más pasión que esta, y la idealizaba en su imaginación de artista, queriendo hacer a todos partícipes de aquellas tonterías que él apellidaba desengaños y traiciones.
Por fin Amalia se enfadó también, y le echó con cajas destempladas.
—¡Pues, señor, vaya una lata! Media hora de conversación para decir que cuando la conoció llevaba la chica dos días sin comer, que la convidó a un pollo con tomate; que agradecida al pollo le hizo caso; que tuvo con ella un chico, y que a los dos años se vio obligado a mandarla a paseo porque se la pegaba siete veces por semana. Pues, hijo, paciencia y aguantarse... Haber tenido dinero. ¿Qué iba a hacer la chica con quince duros al mes?
Todos los presentes asintieron; Amalia tenía razón. ¿Qué iba a hacer la pobre con quince duros?
Petrita fue la única que no estuvo conforme. ¿Qué iba a hacer? Pues sufrir y pasar fatigas. ¿Había o no había cariño? Pues si le había, ¿qué importaba lo demás? Cuando se quiere de veras, las privaciones no se sienten. Lo sabía por experiencia. También ella había pasado con su novio días muy malos, sin tener que comer, y arropándose solo con una manta. Pero ¿y qué? Cuando tenían frío, se pegaban el uno al otro; cuando no había que comer, se comían a besos. Lo principal era el cariño. Aquella Luisa era una mujer sin corazón, indigna de que ninguna persona decente la mirase a la cara. ¡Ah, si ella hubiera encontrado un hombre así! Estaba visto; cuanto peor se portaba una más la querían.
Se habían comido todo el jamón y bebido todo el montilla. Solo quedaban dos o tres emparedados, algunas rajas de salchichón esparcidas sobre los papeles, una botella de champagne y dos de jerez.
Luis, pálido, muy pálido, con la barba apoyada en las manos y los codos en la barandilla, miraba al salón. Sánchez Cortina parecía próximo a sufrir un ataque apoplético. Castro desternillábase de risa al ver las extravagantes muecas de Amalia a quien el champagne se le había introducido por las narices, produciéndole un incómodo cosquilleo que la hacía estornudar estrepitosamente, en tanto que Manolo y Petrita, sentados en un rincón del antepalco, charlaban en voz baja, con la animación de dos personas que empiezan a entenderse.
Al compás de las notas de una habanera las parejas balanceábanse torpemente en el salón sin mover apenas los pies, sin cambiar de sitio, con la torpeza del cansancio, con la pesadez de la fatiga. Desprendíanse marchitas la flores de las cabelleras despeinadas y se desataban las cintas de los antifaces dejando ver las caras borrachas. Era el penúltimo baile, si baile puede llamarse a aquel torpe vaivén de cuerpos al compás de una música lasciva y quejumbrosa. Las máscaras elegantes habían desaparecido. Algunas volvían, con los abrigos puestos, a echar una última ojeada y se quedaban de pie, en las puertas, esperando las primeras notas del pasodoble final para marcharse. Solo se veían bebés de percalina, dominós de satén, pierrots baratos; alguno que otro mantón de Manila que destacaba sus flores brillantes. Los bastoneros paseaban de un lado a otro, retirando con el extremo de sus largos palos montones de serpentinas enlazadas. Ya no llovía confetti, ya no se oían bromas. Las parejas caían fatigadas sobre los sillones. Los hombres charlaban entre sí, graves, serios, formales, con las pecheras arrugadas, la corbata deshecha, el aburrimiento en los ojos. El palco de Rose d’Ivern estaba vacío. Las artistas del Petit Salon se habían marchado. Lola Guzmán oía embelesada la charla de un poeta melenudo con cara de Cristo. Solo Rosarito seguía riendo como una loca, con el caballero gordo, riendo siempre, siempre riendo con francas carcajadas cristalinas.