Fue preciso despertar a Sánchez Cortina, que se había quedado dormido sobre el diván. Entre Luis y Perico tuvieron que llevársele cogido del brazo, como a un niño perezoso y mal criado, después de haberle puesto al cuello la toquilla de Petra para que no se constipase. Castro se marchó con él en un coche de punto. Manolo fue en busca de otro con Petrita y Amalia, y Luis echó calle del Arenal abajo, subido el cuello del gabán, ladeado el sombrero, las manos en los bolsillos, tarareando el pasodoble, indiferente al frío y a la lluvia.
II
Al llegar a la esquina del café de Fornos, se detuvo un instante, indeciso.
Por la calle de Alcalá subía, con dirección al Prado y Recoletos, inmenso gentío, masa enorme cuyas oleadas aumentaban de minuto en minuto, muchedumbre abigarrada y caprichosa, apiñado conjunto de cabezas dominadas por la misma fiebre de curiosidad, por el mismo afán de ver y divertirse, constante flujo y reflujo que barría la ancha calle extendiéndose de acera a acera entre empujones y codazos, bajo el polvo de la atmósfera que el sol hacía resplandecer como lluvia de oro, en tanto que los carruajes, en fila, caminaban con lentitud uno tras otro como eslabones de inmensa cadena.
También él pensaba subir a Recoletos, pero más tarde, cuando cesase la avalancha. Tomaría un coche a pagar a medias con cualquier amigo y se llegarían hasta la estatua de Colón con objeto de darse cuenta del aspecto de las tribunas y contemplar un instante las carrozas. Ahora lo sensato era entrar en Fornos y aguardar tranquilamente que cesase el torbellino.
Con gran sorpresa encontró «su mesa» vacía.
—¡Cómo! ¿No ha venido nadie?
—Sí, señor, han venido todos, pero se han marchado ya —le contestó Paco, el mozo.
—¿Manolo también?
—No, Manolo es el único que no ha venido.