—Entonces, ¿quiénes son todos?
—Pues, todos... Castro, Pedrosa, Cañete, Bedmar —Paco los trataba a todos con gran familiaridad. Inconvenientes del crédito, que decía Bedmar filosóficamente—. Sí, señor —añadió vertiendo unas gotas de agua en la mesa y restregándola después con el paño—, se han marchado a ver las máscaras. Digo yo, porque como está el día tan hermoso..., ¡qué tiempo este de Madrid, ¿eh?, ayer lloviendo y hoy un sol de gloria! ¿Qué va a ser?
—Una copa de kirsch.
—No tome usted eso; irrita y, además, es caro.
Paco se permitía interesarse por la salud y por el dinero de sus parroquianos.
—Es que tengo el estómago malucho, hombre.
—¡Claro!, habrá usted bebido anoche demasiado en el baile. ¡Qué jóvenes, qué jóvenes! Le voy a traer a usted una tacita de té con aguardiente. Eso le sentará muy bien.
Y sin esperar contestación, Paco se marchó a la cocina satisfechísimo por haber evitado que un parroquiano suyo tomase aquella bebida tan cara y tan irritante.
El sol se filtraba por las ventanas de colores, cayendo en haces rojos, en rayos amarillos, en hilos verdes sobre el mármol pulido de las mesas, haciendo resaltar la porcelana y la cristalería, abrillantando las negras estatuas que como esfinges mudas se erguían rígidas e inmóviles bajo los macizos candelabros. Lucían las pinturas de los techos cual si estuviesen recién barnizadas, y los dorados destacaban sus notas alegres del fondo uniforme del artesonado, mientras que allá, cerca del mostrador, en los saloncitos interiores, la luz difusa, amortiguada por la claraboya, confundía los tonos, borraba los matices, fundía en uno solo todos los colores, la gama toda de los verdes, el verde oscuro de los divanes, el verde esmeralda de las columnas, el verde pajizo de los capiteles, el verde azulado de los techos, sin más nota alegre que la misma claraboya, donde un pájaro heráldico extendía en un cielo de cristal esmerilado sus alas policromas.
Enfrente de él un grupo numeroso, tan numeroso que ocupaba tres mesas, discutía acaloradamente sobre algo muy importante, a juzgar por las interjecciones y las palabras sueltas que se oían. A la derecha un caballero leía atentamente El Imparcial; otro hojeaba el Anuario del Comercio tomando notas y buscando señas que apuntaba luego en un pequeño cuaderno. Más allá dos jóvenes, dos niños casi, charlaban en voz baja, y en la última mesa, en el rincón del saloncito, completamente solo delante de su mesa vacía y su copa de agua con aguardiente que el sol hacía brillar como ópalo inmenso, un individuo escribía afanoso cuartillas y cuartillas. Era un tipo extraño. Podía tener treinta años y podía tener cincuenta. Su barba rubia, hirsuta y mal cuidada, demasiado poblada en las mejillas, daba a su cara venerable aspecto de apóstol, que contrastaba con la mirada dura y fría de sus ojos azules. A pesar de ir mal vestido, pobre y desaliñadamente vestido, había en su persona un no se sabe qué de distinción y de elegancia. Estaba por completo enfrascado en su trabajo, del que apenas levantaba los ojos, escribiendo despacio, pausadamente, con trazos duros, sin dudas ni tachones ni enmiendas, como hombre reflexivo que sabe lo que escribe, cuartillas para imprenta, no cabía duda; bastaba ver el título con grandes letras subrayadas y los asteriscos que separaban los capítulos.