Infantil curiosidad se apoderó de Luis. ¿Quién sería aquel tipo? ¿Qué escribiría? Hubiera dado cualquier cosa por apoderarse de las cuartillas y leerlas.

Tan preocupado estaba que no se dio cuenta de que su amigo Boncamí había entrado en el café, hasta que le tuvo delante. Vicente Boncamí, un pintor catalán muy francote y muy buena persona. El hombre venía desesperado.

—Figúrese usted, que he tardado una hora en atravesar Recoletos. No sé, no me explico con qué derecho se puede prohibir la circulación de los ciudadanos pacíficos so pretexto de que unos cuantos imbéciles se diviertan, si divertirse es disfrazarse de mamarracho y salir danzando por esos paseos dando saltos y aullidos. Porque ¿se ha fijado usted en que no hay una sola máscara artística? Han pasado delante de mí más de trescientas y ni una sola he visto que revelase buen gusto. Ni una. ¿Pues y las comparsas esas de lisiados en calzoncillos, qué me dice usted? Yo los fusilaba, palabra de honor.

—Sí, en efecto, debían prohibirlas.

—No, hombre, no, fusilarlos, créame usted, fusilarlos por leso delito de estética. Qué, ¿estuvo usted anoche en el baile? —preguntó variando bruscamente la conversación.

—Sí, ¿y usted?

—¿Yo?, no. No tenía billete, ni dinero, ni frac. Y aunque los hubiera tenido; me pasa con los bailes de máscara lo que a Ventura de la Vega con el Dante. Esa sucesión de saltitos, meneos y cabriolas me ha parecido toda la vida cosa ridícula, rebajamiento de la dignidad humana. Sí, ya sé lo que me va usted a decir: que lo que menos se hace en esos bailes es bailar. Pero es que cuando no se baila se bebe, lo cual es todavía mucho más estúpido y mucho más indigno.

—Déjese usted de filosofías. ¡Había cada mujer! ¡Qué mujeres, querido, qué mujeres!

—También me lo figuro. Media docena de hembras superiores con sus respectivos caballeros que las defenderían a capa y espada, y otra media docena de gatas para los aficionados.

—Sí, gatas, gatas... Pregúntele usted a Manolo Ruiz si eran gatas.