—Manolo Ruiz es un imbécil. En cuanto una escoba con faldas le dice dos veces seguidas que le quiere, ya está loco perdido.

—¡Pobre Manolo!

—No, si no le compadezco; todo lo contrario: le admiro, le envidio y le venero. Feliz mortal, que tiene la inmensa dicha de idealizar cuanto le rodea. Eterno Midas que convierte en oro puro cuanto sus manos tocan. ¡Lástima grande que no pueda hacer lo mismo con sus obras!

—Ahí ya no le admira usted, ¿verdad?

—Ni le compadezco tampoco. Le odio a muerte. Porque cuidado que el hombre es malito de veras.

—Pues vea usted, gana dinero.

—¡Ya lo creo! Como que no hay semanario ilustrado que no publique un dibujito suyo. ¡Y qué dibujos! Acabaditos, lamiditos, manoseaditos..., ¡monísimos! ¡Qué ojos aquellos tan bonitos, tan redondos, ni hechos a bigotera! ¡Qué bocas!, siempre sonriendo, siempre enseñando los dientes, iguales, pequeños, oliendo a elixir benedictino. ¡Qué manos! Me río yo de las manos de Botticelli.

—Pues gustan, querido, gustan.

—¡Toma!, gustan los versos de Pedrosa...

—No compare usted.