—Pues que Sánchez Cortina ya no es director. Al día siguiente de ponerte tú malo, se planteó la crisis, por diferencias en las cifras de los presupuestos, y Sánchez Cortina se calzó la cartera de Agricultura. Se ha llevado a Pedrosa de secretario particular, y Castro se ha encargado de la Dirección. ¿Pero de veras no sabías nada?
—De veras. Estos cuatro días me he permitido el lujo de no leer un solo periódico.
—Pues sí, hijo, sí, todas esas cosas han sucedido, y las que sucederán. Porque te advierto que vamos a hacer grandísimas reformas en El Combate. Desde primero de mes se aumenta el tamaño, tendremos subvención y subirán los sueldos. ¿Eh, qué te parece?
Muy bien, le parecía muy bien; ya lo creo, admirable. «Está visto —pensó— que en este mundo todo es cuestión de rachas. Viene la mala y a morir, viene la buena y todo sale a pedir de boca. Puesto que ahora estoy en la buena, justo es que la aproveche».
Pidió cinco duros adelantados en la Administración, y en cuanto concluyó su tarea se marchó a casa de Isabelilla. Isabelilla le traía loco. No era amor lo que sentía por ella, pero era algo más fuerte y más intenso que el mismo amor; un deseo imperioso y constante de estar siempre en sus brazos, de verse retratado en el fondo de sus pupilas claras, de acariciar su carne de rosa, de jugar con las hebras de su espléndida cabellera de oro, y, sobre todo, de besarla en la boca. He aquí el secreto de su gran pasión: besarla. De todos los encantos de Isabelilla, de todos los atractivos de su espíritu y de su cuerpo, ninguno tan delicioso ni tan enloquecedor como sus labios. No es que fuesen suaves, ni que fuesen frescos, ni que fuesen rojos, ni que su aliento perfumara; es que besaban como no besaban ningunos otros labios en el mundo. Dominaban el beso como un sabio puede dominar la ciencia, más aún, porque el sabio llega un instante en que se detiene indeciso ante las puertas del misterio, y para aquellos labios no existían misterios; besaban de todas maneras; besos sonoros de nodriza; besos suaves, casi imperceptibles; besos rápidos, instantáneos, fuertes como mordiscos; besos largos, infinitos, inacabables...; sabían cómo se besaba en las mejillas, y cómo se besaba en los ojos, y cómo se besaba en la garganta, y sobre todo, sobre todo, cómo se besaba en la boca; uniéndose como imanes, pegándose como compresas, crispando los nervios y haciendo hervir la sangre; labios hechos para reír y para besar; nacidos para la alegría y el amor; sabrosos como dulces; exquisitos como néctar; perfumados como flores; adormecedores como el opio, y mareantes como el vino. Era imposible que el que los gustara una vez, no los deseara ya para toda la vida.
Luis los deseaba, los deseaba con todas las energías de su ser; aquellos labios se habían convertido para él en una necesidad de su persona, eran su pasión, su vicio.
En la calle se acordó de que la había prometido un abanico japonés y entró a comprarle: un abanico muy lindo, con su varillaje de caña y su vitela de pájaros y flores.
—¡Qué contenta se va a poner cuando lo vea! —pensaba, subiendo las escaleras de dos en dos, tan de prisa, que cuando llegó frente a la puerta tuvo que detenerse para tomar aliento. Dentro vibraba la risa de Isabel fresca y sonora.
Súbitamente, al ruido del campanillazo la risa cesó; oyó rumor de faldas y cerrar de puertas; entreabriose el ventanillo, y le dijo la Pepa:
—¿Es usted, señorito Luis? Pues la Isabel no está, ha salido.