—¿Que ha salido?

—Sí, ha salido. ¿Quiere usted que le diga algo cuando vuelva?

Asombrado por lo inaudito de la mentira, no supo qué contestar. Su primer ímpetu fue armar un escándalo, derribar la puerta a patadas y empezar a cachetes con todos los que estuviesen dentro. Afortunadamente, comprendió que esto era una barbaridad, y girando sobre sus talones, se contentó con marcharse por donde había venido, las manos crispadas, mordiéndose los labios de coraje, jurando y perjurando no volver en la vida a mirar a Isabel.

Al llegar a la mitad de la escalera su mano tropezó con el abanico, y cogiéndole con furia le rasgó en pedazos, le mordió, le estrujó, le pisoteó, le hizo trizas, tantas y tan menudas, que ni cien chinos juntos hubieran sido capaces de reconstituirle. Esto le calmó.

«La culpa es solo mía —pensaba—. ¿Quién me manda a mí meterme a idealizar? Tiene razón Manolo. Con estas mujeres no puede idealizarse. En cuanto uno se ilusiona, viene el jarro de agua. Me está bien empleado por tonto; pero no volverá a sucederme, no».

De repente se acordó de María; el recuerdo de Isabel falsa evocó el recuerdo de María constante, de María honrada, cariñosa y buena. Antojósele que la traición de Isabelilla era un castigo, un aviso providencial de que también él tenía la obligación de ser constante. «Si yo por una perdida a quien no quiero —decía— he sufrido tanto un instante, ¿qué no sufrirá mi pobre María si sabe que la engaño?».

Y preocupado con esta idea, arrepentido, verdaderamente arrepentido, cambió de rumbo, y en vez de ir a su casa, se fue a la de María.

Pareciole ver su sombra detrás de las persianas, y alegremente subió las escaleras de dos en dos. Llamó a la puerta, y, como en casa de Isabelilla, la puerta no se abrió. Corriose el ventanillo, y le dijo la criada:

—La señorita no está, ha salido.

—¿Cómo que no está? ¿Usted sabe quién soy yo?