—Sí, el señorito Luis; pero la señorita no está en casa.

—Bueno, pues la esperaré —contestó dispuesto a todo.

—Es inútil; esta noche la señorita no cena en casa.

Cerrose el ventanillo.

Aturdido y desconcertado quedó también ante esta puerta. Fue de nuevo a llamar para pedir explicaciones; pero comprendiendo que la criada no hacía más que obedecer una consigna, temeroso de ponerse todavía más en ridículo, se marchó con la cabeza baja. En la calle volvió a mirar a los balcones. Ya no estaba la sombra detrás de las persianas. La ausencia de la sombra le hizo afirmarse más en que la sombra había existido.

¿Qué significaba aquello? ¿Por qué su tía se negaba a recibirle? ¿Qué motivos podía tener para ello?

Loco de dolor llegó a su casa. Necesitaba distraerse, olvidar. Nada mejor para ello que el trabajo. Excitado y nervioso, extendió sobre la mesa las cuartillas de su obra. Pero las ideas no acudían; los pensamientos no acertaban a desenvolverse; su frente ardía; tuvo que abrir el balcón porque se ahogaba...

Y una ráfaga de aire penetró furiosa por el balcón y aventó las cuartillas.

XXII

Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sin pensar en nada, iba por las calles malhumorado y triste. Tras la tensión nerviosa de los pasados días, su ser había caído en un estado de dulce laxitud, en un blando desvanecimiento, como si una mano piadosa, pasando por su frente, se hubiera ido llevando uno tras otro todos los sufrimientos. Celos, odios, rencores, amarguras, todo desapareció dejándole en el alma un vacío muy grande, un abatimiento muy hondo, una tristeza muy intensa, que le oprimía y le aplanaba, como si se encontrase sumergido en las profundidades de una mina.