Las dos cartas de Isabel y de María que al día siguiente recibiera, llenas de vulgares excusas y corrientes explicaciones, solo sirvieron para entristecerle más y más al ver cómo los ideales se rompían y se desmenuzaban y caían deshechos. Después de todo, aquello era natural; todas las mujeres son iguales; necio es y será siempre el que en ellas confíe.
Al doblar una esquina se encontró con Antonio Bedmar. Venía el pobre muchacho como en sus malos tiempos de bohemia, desaliñado, con las botas sucias, sin afeitar el rostro, torcida la corbata, encorvado el cuerpo y torpe en el andar.
—¿Dónde vas?
—Por ahí; no tengo rumbo fijo.
—Ni yo tampoco; pasearemos juntos.
—Pasear..., no; estoy cansado; me duelen mucho los pies; si tienes dinero, prefiero que me convides.
—¿Pero otra vez, Antonio? ¿pero otra vez vuelves a beber?
—¡Qué quieres! El vino es lo único que consigue distraerme, lo único que consigue hacerme olvidar.
—Oye; ¿tú crees de veras que el vino hace olvidar?
—¡Qué duda cabe!