—Entonces, sí; te convido, también yo esta tarde necesito beber.

—¿Tú..., para qué?

—Para lo que tú; para olvidar y para embrutecerme.

—¡Qué necesidad tienes tú de olvidar! ¿Qué sabes tú lo que son penas?

—¿Qué sabes tú si yo las tengo?

—Verdad; tienes razón; los hombres no sabemos nunca nada los unos de los otros; somos desconocidos, que cuando nos vemos en la calle nos tendemos la mano, sin saber por qué la mayoría de las veces. No conocemos de los demás más que lo que los demás quieren decirnos. ¡Y esto es siempre tan poco! El que tiene penas se las calla, y el que no las puede callar, hace lo que yo, las ahoga.

Después, delante de la botella, fue más explícito.

—Me gusta el vino, ¿por qué negarlo? me gusta, me agrada al paladar. ¿No les gusta a otros el café y el tabaco y el dulce? A mí me gusta el vino; pero aunque no me gustara, lo bebería. El vino es el gran calmante de todas las penas, el lenitivo de todos los dolores. Cuando estoy sereno, soy el ser más desgraciado de este mundo, el más miserable; todo me falta: amor, ternura, dinero, salud... En cambio, cuando estoy borracho..., cuando estoy borracho, todo me sobra; soy más rico que Creso, más grande que Alejandro, más poeta que Shakespeare. Que vengan, que vengan entonces a ofrecerme mujeres y millones y gloria...; verás tú con qué energía los desprecio, verás con qué valentía los rechazo, verás con qué ganas me río en mi locura de los pobres cuerdos, de todos los que me compadecen y dicen: «¡Pobre Antoñito!», sin comprender que en ese momento soy yo mucho más grande, mucho más feliz, muchísimo más dichoso que todos ellos juntos... El vino, el vino... Sin el vino, ¿qué sería de mí? Ya ves tú, he reñido con Elena, esta vez para siempre; esa mujer es mi alma; sin ella no puedo vivir; no tengo valor para matarme... Si no fuera por el vino, dime: ¿qué sería de mí?

Apuró de un sorbo el contenido del vaso, escanciose otro, y apoyando la frente en las manos, quedó sumido en hondos pensamientos.

—¿Y tú, por qué bebes?