—Ya te lo dije; por lo mismo que tú: para olvidar.
—¿A una mujer?
—A una mujer.
—¿La quieres mucho?
—Tanto como tú a Elena.
El bohemio sonrió.
—¡Oh, no; eso no es posible! Como amo yo, no es posible que ame nadie en el mundo. Lo mío no es amor, es locura, es delirio, es idolatría; por esa mujer daría yo hasta la última gota de mi sangre; por ella sería yo canalla, ladrón, asesino... ¡Qué sabes tú lo que es amor! Vamos a ver: si te dijeran que esa mujer, a quien tanto quieres, te engañaba con otro, ¿la perdonarías?
—¡No! —rugió Luis con fiereza.
—¡Pues yo sí! La quiero tanto, que aun engañándome, la quiero. Ya ves tú si la quiero. ¡Chico, otra botella! Los médicos me han prohibido que beba, y bebo; los amigos me desprecian, y bebo; yo comprendo que cada día me cuesta más trabajo producir, y bebo; un día me dijo ella: no bebas, y no volví a probar siquiera una copa. Si me dijera mátate, me mataría lo mismo. ¿No me estoy ya matando? ¿Crees tú que yo no sé que me voy a morir? Pues sí, lo sé, y sin embargo me dejo. Mejor, cuanto antes me muera, mejor.
—Vámonos, Antonio, vámonos; hace mucho calor aquí, estoy mareado.