—¡Cobarde! ¿Con dos botellas nada más? Siéntate ahí. ¿Cómo quieres olvidar si no bebes?
—No puedo, Antonio, no puedo... Me duele mucho la cabeza.
—¡Cobarde! Siéntate ahí. Chico, otra botella. Para olvidar es preciso beber. Bebe, Luis.
—No, no; yo me marcho.
—¿Te marchas? Ve con Dios, eres un cobarde. Yo me quedo. ¡Ah, tú no serás nunca feliz! ¿Cómo vas a ser feliz, si no bebes? ¡Chico, esa botella! ¿Pero no viene esa botella?
XXIII
El día amaneció nublado y bochornoso. El sol aparecía y se ocultaba entre las nubes con raras alternativas de luz y sombra; extraños cambios de claridad y penumbra; no se notaba la más pequeña ráfaga de aire; las hojas permanecían en los árboles quietas, inmóviles, como sujetas por tallos de acero; no se oía el canto de un pájaro, ni el zumbido de un insecto, nada; la naturaleza parecía aletargada por su propio calor.
Poco a poco las nubes se agruparon hasta formar un solo conjunto de color plomizo; el viento azotó con furia las hojas de los árboles, barrió las calles levantando sucios remolinos de polvo; cerró con estrépito ventanas y puertas; zarandeó persianas, se retorció en los canalones con agudos silbidos. Luego cesó un momento; el calor fue insoportable; un relámpago rasgó la nube, sonó un trueno y empezó a llover.
Agradable olor a tierra húmeda esparciose rápidamente suavizando la atmósfera del andén, reseca con el humo de las locomotoras. El expreso iba a salir. Las vagonetas, empujadas por los mozos, iban y venían cargadas de maletas y baúles, haciendo retemblar el piso: traqueteaban los vagones al unirse con bruscos estremecimientos; las válvulas dejaban escapar chorros de vapor que mojaban la acera y producían al salir un sonido continuo, estridente; el humo de la máquina al chocar contra el techo perdía sus formas espirales y se extendía sobre el tren como la neblina sobre un río.
Sentados en el vagón, uno enfrente de otro, María y Luis hablaban.