—Has hecho muy mal en decírmelo tan tarde.

—No era posible otra cosa. Ha sido una idea repentina, una decisión de última hora. Pensarlo y hacer el baúl. Llevo una temporada malísima. Creo que el campo me sentará muy bien.

—¿Vas a estar muchos días?

—No sé; depende de las circunstancias; según me pruebe.

Él no contestó; apoyó la frente en el cristal y quedó distraído mirando al andén.

—¿En qué piensas?

—No sé; estoy triste; siento desde hace unos días una tristeza abrumadora, una melancolía inexplicable que me aplana y me aniquila sin saber por qué; una cosa así como un vago presentimiento de que me va a suceder una desgracia, algo muy doloroso contra lo que no puedo luchar ni defenderme, porque no sé lo que es. Ya ves: ahora mismo tu viaje no tiene importancia, es un viaje de recreo; regresarás dentro de unos días, muy pronto, y sin embargo, no puedes figurarte la pena tan grande con que te despido; me parece que es el último día que nos vamos a ver.

Ella bajó la cabeza confusa; una oleada de sangre encendió sus mejillas. Él, sin notarlo, continuó:

—Comprendo que es una tontería, una locura, pero no puedo remediarlo; te lo juro con toda mi alma; si en mi mano estuviera impedir este viaje, lo impediría, no te quepa duda. María —añadió tristemente cogiéndole las manos—, ¿por qué te vas? No te vayas.

—¡Qué niño eres! —contestó ella conmovida, tratando de volver la cara para que Luis no viera las lágrimas que se agolpaban a sus ojos.