—No te vayas...
—¡Qué locura!
Un individuo abrió violentamente la portezuela obligándoles a cortar el diálogo.
—Perdone usted, caballero —díjole Luis malhumorado—; este coche es reservado de señoras.
—Precisamente —contestó el otro con gran flema—; precisamente un reservado es lo que estas señoras desean.
Y apartándose galantemente, dejó pasar a dos que tras él venían con un arsenal completo de mantas, cestos, maletas y sacos de mano. Después subió también y empezó a colocar tranquilamente los bártulos en la redecilla del vagón.
En el andén los viajeros se atropellaban en busca de los coches. Despedidas, abrazos, apretones de manos, besos y caricias, recomendaciones y advertencias; vocear de los mozos, pregoneo de periódicos y guías, un ruido continuo, ensordecedor, reforzado por el traqueteo de los coches, el sonido metálico de los topes al golpearse, el silbido del vapor al escaparse por las válvulas, los truenos al retumbar en el espacio y la lluvia al caer con fuerza azotando las paredes de hierro.
De pie sobre el estribo seguía Luis hablando.
—¡Te quiero más que nunca! Te vas y mi alma se va toda contigo. Te acompaña en tu viaje; dondequiera que estés, estará a tu lado. ¿Puedo yo decir lo mismo, mi María?
—¿Tú? ¿Para qué? ¡Qué falta te hace a ti mi cariño!