—¿Por qué me dices eso?
—Por nada.
La campana sonó; subieron los rezagados; un empleado fue cerrando de golpe las portezuelas.
—¿Por qué me dices eso? —volvió a repetir.
—Por nada —volvió ella a contestar.
—¡Eh, cuidado, caballero! El tren va a salir.
—¡Adiós!
—¡Adiós, mi María!
—¡Adiós, Luis!
—¿Nada más que Luis?