—¡Adiós!
Un silbido aflautado se escapó de la máquina; las válvulas dejaron escapar chorros de vapor; traquetearon los vagones y el tren comenzó a moverse, despacio primero, como monstruo que se despereza, hasta pisar las planchas giratorias que temblaron con secas vibraciones en estridente escala, y luego más de prisa, cada vez más, hasta salir de agujas, confundirse en la oscuridad y ser solo una sombra, perceptible apenas por sus farolitos encarnados...
XXIV
Apurada la taza de café, se disponía tranquilamente a encender un pitillo, cuando violentísimo campanillazo le cortó la acción dejándole suspenso. Y en cuanto abrió la puerta, no repuesto aún de la sorpresa que el campanillazo le causara, se encontró de manos a boca con Elena Samper. Venía nerviosa, agitada, el traje en desorden, los ojos inyectados, con un aspecto tal de excitación que Luis se asustó:
—Mujer, ¿qué es eso? ¿qué te pasa?
—¡Ay, Luisillo, qué desgracia tan grande, qué desgracia tan horrible!
—¿Pero qué ocurre?
—¡Quién lo iba a pensar! ¡Virgen mía del Carmen, qué desgracia!
—Acaba ya.
—Si no puedo..., me ahogo... Toma, lee tú.