Y le alargó un periódico arrugado y sudoso que traía en la mano, esforzándose en vano por querer señalar un punto con sus dedos nerviosos.

«Esta mañana, en la calle de Atocha, ha sufrido un vómito de sangre el joven y distinguido escritor don Antonio Bedmar...».

La impresión fue tan brusca, que a Luis se le cayó el periódico de las manos.

—¡Qué barbaridad!

—Sigue, sigue leyendo —continuó ella con voz ronca, recogiendo el papel y apretujándole entre sus dedos—. Mira: «Después de asistido convenientemente por los médicos de la Casa de Socorro, pasó en grave estado al Hospital Provincial». ¿Lo oyes? Al hospital, está en el hospital. Es necesario ir en seguida. ¡Pobrecito Antonio de mi alma! Yo quiero verle; estará allí en una sala cualquiera; yo quiero llevármelo a casa, cuidarle yo misma, o por lo menos, trasladarle a una cama de pago.

—Sí, sí, tienes razón; es necesario hacer algo.

Pero no se movía, atontado, aplanado por aquella noticia brutal e inesperada.

—Vamos, vamos, no perdamos tiempo —repetía Elena, cada vez más excitada y más nerviosa—. Es necesario ir en seguida. Tengo abajo un coche...

Y le agarraba del brazo y tiraba de él arrastrándole con fuerza hacia el pasillo.

Los porteros del Hospital se negaron a permitirles la entrada. ¿Tienen ustedes permiso? ¿No? Pues sin permiso no es posible entrar, y mucho menos de noche.