Era inútil insistir con aquella gente. Elena lo comprendió así y rompió a llorar con tal desconsuelo, con sollozos tan desgarradores, que uno de los mozos, conmovido (y cuidado si se necesita para conmover a un mozo de hospital), se atrevió a indicar balbuciendo:
—Vean ustedes al señor director... Si él lo autoriza...
—¿Dónde está el director?
—Al final del edificio... Vuelvan ustedes a salir, sigan la acera, a la derecha, hasta llegar a una puertecita pequeña..., allí.
El director acababa de cenar. Los recibió muy atento, pero se negó igualmente a facilitarles la entrada. A aquella hora no era posible; estaba prohibido en absoluto... Los reglamentos, las costumbres del establecimiento..., todo el mundo se hallaba descansando..., sería una perturbación, una verdadera perturbación... Y como la joven, siempre llorando, tratara de insistir, la cogió dulcemente la mano y le dijo con cariñoso acento:
—Vaya, hija mía, tenga usted un poco de paciencia, no se aflija usted... Mañana lo podrá ver todo lo temprano que quiera; yo estoy levantado desde las siete; vengan ustedes mañana, y yo desde luego tendré mucho gusto en facilitarles un pase valedero para todos los días que sea preciso. ¿En qué sala está el enfermo? ¿No lo saben ustedes? Bueno, no importa; lo averiguaremos en seguida y así no tendrán ustedes mañana que perder tiempo en preguntarlo.
Tocó el timbre y apareció un mozo.
—Entérese usted en seguida a qué sala y a qué cama ha sido conducido un enfermo que ha ingresado esta mañana, que se llama..., ¿cómo se llama?
—Antonio Bedmar.
—¡Cómo! ¿Bedmar? ¿el poeta? ¡Caramba, caramba, y yo sin saber nada! Claro, lee uno al cabo del día tantos nombres... Con el permiso de ustedes, voy a tomar café; ¿ustedes gustan? Pero siéntense, el mozo volverá en seguida.