Mientras esto ocurría, Elena expuso al director sus deseos de llevarse a Bedmar, o, cuando menos, trasladarle a una sala de distinguidos.
—Lo que usted guste señora; me tiene usted desde luego a su disposición.
—Y eso, ¿cuándo podría ser?
—Si su estado lo consiente, mañana mismo. ¿Qué, se ha enterado usted ya? —exclamó viendo al mozo que regresaba.
—Sí, señor; ha sido llevado a la sala doce, cama número ocho, solo que...
—¿Qué?
—Que ha muerto.
—¿Que ha muerto?
—A las cinco y media.
Elena dio un grito y cayó desmayada sobre el pavimento. Los tres hombres se lanzaron en su auxilio.