—A ver, esta mujer se ha desmayado..., un poco de agua fría...

Al grito de Elena, la esposa del director se presentó en la estancia. Quedose un momento en el umbral de la puerta, sorprendida y sin saber qué hacer; pero como el director, en dos palabras, le pusiera al corriente de lo ocurrido, acudió también solícita en auxilio de la pobre desmayada, desabrochándole el vestido y abanicándole el rostro. Elena volvió en sí, miró a todos con espantados ojos y rompió a llorar. El director, su mujer y Luis trataban en vano de consolarla. Cuando después de largo rato hubo dado rienda suelta a su dolor, se levantó, y encarándose con el director, le dijo con tono enérgico que no admitía réplica:

—¡Quiero verle!

—Imposible, señorita, imposible de todo punto. A estas horas se encuentra ya en el depósito.

—No importa; iré al depósito; quiero verle.

—No puede ser, señorita, no puede ser. Si se tratara de cualquier otra cosa, tenga usted la seguridad de que yo con muchísimo gusto accedería a ello, aun pasando por encima de todas las consignas y de todos los reglamentos; pero al depósito, ¡oh, imposible! Tenga usted en cuenta que a estas horas debe haber allí diez o doce cadáveres.

—Sí, sí —agregó la mujer del director—, no vaya usted... Es una cosa horrible..., está allí, al final de los patios, en un sitio completamente solo. Es horrible, ¡y de noche!

—¿Y dice usted que habrá allí más muertos?

—Naturalmente, todos los que han fallecido hoy. Acabo de firmar la lista..., diez o doce o catorce, no recuerdo en este momento, pero de seguro pasan de diez.

—¡Dios mío, Dios mío!, ¡qué horrible es todo esto! ¡Y se le llevarán en el furgón!